
La vieja fábrica, sujeta a una concesión, revierte a manos municipales; la familia de Ramón Diéguez mantiene los derechos sobre los moldes, la producción y la marca
Hay tesoros ocultos a plena vista. Joyas cubiertas por una capa de polvo y de olvido que esperan la llegada de una mano capaz de devolverles su deslumbrante naturaleza. Para hacerlo no vale cualquiera: la restauración debe ejecutarse a través de una mezcla bien equilibrada de respeto, amor, conocimientos y medios. No es fácil hacer coincidir todos esos elementos. Pero en Pontecesures ha ocurrido: el Concello y los herederos de Ramón Diéguez han puesto la dosis justa de todos ellos y han firmado un convenio que permitirá recolocar la memoria de la Cerámica Celta en el lugar de honor que ocupa en la historia del arte y la cultura en Galicia. La pasada semana se firmó el acuerdo que permitirá saldar una vieja deuda con el que fue, sin duda, uno de los proyectos más vanguardistas e ilusionantes desplegados en nuestra tierra hace un siglo.
El convenio firmado por los herederos de Ramón Diéguez y el Concello de Pontecesures hace revertir en la Administración local los terrenos y las instalaciones de la vieja fábrica en Porto. Llevaban en manos de la familia desde tiempos de Primo de Rivera, cuando el infatigable empresario cesureño obtuvo una concesión de carácter indefinido para desplegar en ese punto su actividad industrial: fabricaba la mítica piedra Pote, que no faltaba en ninguna casa del país puesto que con ella se limpiaban las cocinas económicas. A esa actividad primigenia se sumaría, años después, la producción de una cerámica cargada de simbolismo.

El interior del recinto está lleno de recuerdos de su luminoso pasado industrial y cultural. MARTINA MISER
Ocurrió a mediados de los años veinte. Por aquel entonces Pontecesures era un centro económico y social de primer orden. Bien comunicada gracias a su puerto —el río era una de las autopistas de la época—, a la carretera y al ferrocarril, en esta localidad se produjo un estallido cultural y social digno de estudio. «Pontecesures daquela tiña unha burguesía industrial, con capacidade financeira pero cunhas enormes inquietudes culturais», comenta la alcaldesa Maite Tocino (BNG). Una burguesía que no tenía problemas en «invertir unha parte dos seus beneficios en proxectos culturais».
Ramón Diéguez formaba parte de ese grupo, que solía reunirse en Casa Castaño para cocinar todo tipo de ideas y proyectos. En aquella tertulia estaba también Eugenio Escuredo, un emprendedor infatigable que en 1925 decidió que, además de fabricar ladrillos, debía dar salida a sus inquietudes artísticas y puso en marcha una cerámica. Cuando poco después Escuredo decidió abandonar ese proyecto, Diéguez lo tomó en sus manso, alimentando una iniciativa que brilló y atrajo a Pontecesures a las grandes figuras del mundo de la cultura gallega de la época. Pero entonces estalló la Guerra Civil, y tras ella llegó esa «longa noite de pedra» que fue la dictadura. Ramón Diéguez pudo haberse exiliado, «pero muchas familias dependían de sus fábricas», cuentan sus nietos. Así que se quedó en Pontecesures y siguió trabajando. El régimen no le perdonó nunca ni sus ideas ni sus amistades. En ese contexto opresivo y asfixiante, la Cerámica Celta tuvo que reorientarse hacia una producción menos simbólica y sobrevivir a base de piezas diseñadas para el uso cotidiano. Pero resistió cuando resistir estaba mal visto.
Los nietos de Ramón Diéguez recuerdan a su abuelo en la fábrica de Porto. Recuerdan pasar tardes con él y regresar a casa, para desesperación de quienes allí los esperaban, cubiertos por una buena capa de barro de los pies a la cabeza. Cuando eran pequeños no eran conscientes de la silenciosa guerra que se libraba alrededor de la fábrica familiar. Iban a descubrirlo años después, cuando les llegó la hora de hacerse cargo de un negocio que no era un negocio: era un legado, una valiosa herencia. Durante décadas, los herederos de Diéguez han enfrentado todo tipo de obstáculos para intentar reflotar el proyecto de su abuelo. Por el camino se han encontrado de todo: políticos insensibles, imitadores de mala calidad, reclamaciones judiciales absurdas… Han hecho frente a todo ello porque la Cerámica Celta es importante. «Una batalla así no se da por la piedra Pote», dicen.

La alcaldesa, Maite Tocino, firmando junto a los herederos de Ramón Diéguez el convenio.
Ahora han encontrado un aliado, el Concello de Pontecesures, que gracias a los fondos europeos conseguidos a través de geodestino Mar de Santiago tiene capacidad para empezar a hacer realidad un proyecto de puesta en valor de ese patrimonio cultural tremendo que espera en Porto. El hecho de que tanto la familia como la alcaldesa compartiesen un vivo interés por llegar a acuerdos simplificó mucho las cosas. «Eu quero agradecer a xenerosidade da familia, que fai esta cesión dos terreos de forma gratuíta e altruísta», señala la regidora cesureña, Maite Tocino. La familia, por su parte, agradece el respeto y el cariño con el que han sido atendidos en todo momento: puede parecer poca cosa, dicen, pero durante años lo que han encontrado demasiadas veces en las administraciones han sido muros de incomprensión o de indiferencia.
La familia renuncia a la fábrica y los terrenos sobre los que esta se asienta, pero mantiene sus derechos sobre los moldes, la producción, la marca y la comercialización de las piezas de la Cerámica Celta. «Nosotros ya no podemos seguir tirando de esto, pero tal vez en el futuro alguien de la familia quiera intentarlo y nosotros no queremos cerrarle esa puerta», señalan los firmantes del convenio.
Reconocen que el acuerdo alcanzado con el Concello de Pontecesures es «una salida muy buena para un proyecto que nosotros, por edad, no podemos seguir sosteniendo. La propuesta que nos hicieron nos encantó a todos, porque permitirá que se conozca, que se sepa lo que pasó en Pontecesures hace cien años, el papel que tuvo nuestro abuelo… Y que ese espacio vaya a seguir estando ligado a la cultura y que se abra a la gente es una solución fantástica» comentaban en el momento de estampar sus firmas en el convenio.
A partir de ahora, la recuperación de la fábrica, de la historia y de la memoria entrará en una nueva fase: dejará el terreno de los sueños y comenzará a adentrarse en el de las realidades. Ya iba siendo hora. Partiendo de la base de que las instalaciones de la Cerámica Celta deberán tener un uso público y vinculado a la cultura, el Concello de Pontecesures encargará la redacción de un plan director que establezca qué es lo que se va a hacer. Sobre la mesa hay muchas ideas: zonas de exposición, salas polivalentes, quizás talleres de cerámica, un espacio para conciertos… Las posibilidades son muchas y la intención es que el plan director, que se abordará con fondos de Mar de Santiago, se encargará de ordenarlas y darles forma. A partir de ahí, el Concello se pondrá a trabajar para ir cumpliendo poco a poco las metas marcadas en dicho documento, pudiendo aprovechar con eficacia las líneas de ayuda que vayan surgiendo en los distintos ámbitos.
Hay algunas actuaciones que son prioritarias, como la construcción de un perímetro de seguridad y el cierre de las bocas de los hornos. A partir de ahí, el resto está por escribir. Lo que está claro es que, cuando se termine de ejecutar el plan director, las instalaciones de Porto, ahora desgastadas y paralizadas, deberán haberse transformado en un espacio para la memoria, pero también para la vida. Un área cultural y patrimonial en la que, propios y extraños, puedan descubrir uno de los episodios más brillantes de la historia de Pontecesures y, probablemente de toda Galicia.
La Voz de Galicia


