Mil kilómetros para saborear lamprea del Ulla.

Algunos tienen mesa reservada para dentro de un mes y otros, para cuando caigan las siguientes piezas

Es un bien tan escaso que los primeros ejemplares «tienen nombre» antes de ser pescados

Casa Farrucán confirma la enorme expectación que genera la preciada «dama del Ulla»

Pili Novo y Manuel Losas, los propietarios de Casa Farrucán, un restaurante especializado en lampreas situado a escasos metros de dónde se pescan.
Pili Novo y Manuel Losas, los propietarios de Casa Farrucán, un restaurante especializado en lampreas situado a escasos metros de dónde se pescan.

Siempre se ha dicho que con la lamprea no hay término medio, de tal forma que o enamora para siempre o defrauda como nunca.

Los adictos a este preciado pez cartilaginoso lo saben bien, ya que esperan como agua de mayo el inicio de la temporada, cada 2 de enero, y algunos llegan a desplazarse cientos de kilómetros para poder saciar sus ganas de lamprea.

No es fácil, habida cuenta de que es un bien escaso y caro. «Pero vale la pena», aseguran los más ferviente admiradores de este primitivo pez cuyo clímax gastronómico se alcanza al prepararlo al estilo bordelesa, es decir, cocinado en su sangre y servido con arroz en blanco y picatostes.

Un grupo de amigos

Una experiencia que ya pudieron saborear un grupo de amigos del Concello de Padrón que llevan tiempo esperando el comienzo de la temporada y tenían encargadas las primeras lampreas de la temporada en el restaurante Casa Farrucán.

Ellos fueron los que, en ese establecimiento situado en la orilla coruñesa del Ulla, dieron cuenta de aquella primera pieza que, de forma inesperada, se había capturado el primer día de actividad por parte del colectivo de valeiros en aguas de Pontecesures.

Un ejemplar que, como se explicó entonces, fue capturado por Pepe Barreiro y demás tripulantes de la embarcación «Gina», que lo vendieron a Casa Farrucán por 80 euros, más IVA.

«Se la preparamos a un grupo de amigos que son muy aficionados a la lamprea y que ya nos la tenían encargada desde hace tiempo», explica Pili Novo, que junto a su marido, Manuel Losas, regenta Casa Farrucán.

«Las primeras lampreas de la temporada siempre tienen nombre, incluso antes de ser pescadas», bromea la también cocinera de Farrucán, que pasa por ser uno de los establecimientos más importantes de Galicia en lo que a preparación de lamprea se refiere.

En realidad, están reservadas las primeras y las siguientes, ya que son muchos los «encargos» que tienen en este negocio para las próximas semanas y meses.

Las primeras lampreas de la temporada siempre tienen nombre, incluso antes de ser pescadas.

Destaca, como la propia Pili Novo resalta, «la reserva que tengo para dentro de un mes por parte de un grupo de amigos que van a desplazarse mil kilómetros expresamente para venir a comer lamprea del Ulla».

Los comensales que degustaron la primera lamprea.
Los comensales que degustaron la primera lamprea.

No tienen asegurado que vayan a poder hacerlo, porque depende de cómo evolucionen las capturas de la «dama del Ulla» a partir de ahora, tanto entre los valeiros –los pescadores que largan sus nasas desde embarcación en Pontecesures– como en las pesqueiras tradicionales situadas río arriba.

Cambio del tiempo

Pero tanto los comensales como los propietarios de Farrucán y demás restauradores especializados en lamprea confían en que, cuando las condiciones meteorológicas mejoren, las lampreas empiecen a abundar en el Ulla.Menús a 30 euros en la XXV Festa da Lamprea do Ulla

«Actualmente el río lleva mucha agua y hay demasiada corriente, por lo que es difícil que la lamprea aparezca», indican tanto Pili Novo como Ramón Agrasar y otros pescadores consultados.

Unos pescadores que, tras haber capturado tres lampreas en los dos primeros días, albergan ciertas esperanzas y confían en que esta campaña sea mejor que la nefasta temporada anterior.

Lo mejor está por llegar

También lo espera Pili Novo, quien indica que para negocios como el suyo los mejores meses son siempre febrero, marzo e incluso abril –la campaña se cierra a mediados de ese mes–, ya que en enero hay más gastos que afrontar y aún están demasiado recientes las comilonas navideñas.

La lamprea a la bordelesa de Casa Farrucán.
La lamprea a la bordelesa de Casa Farrucán

De todos modos, la hostelera insiste en que ya tiene reservas anotadas, sobre todo realizadas por los más «fanáticos» de este pez, que no están dispuestos a dejar pasar la oportunidad de saborearlos, «por eso las primeras casi siempre las comen los mismos», enfatiza.

También es cierto que «hay mucha más gente que aunque no reserve llama preguntando por la lamprea, pero al decirle que por el momento no se está pescando cantidad suficiente lo dejan para otra ocasión».

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De lo que no cabe duda es de que la afamada «dama del Ulla» es un reclamo importante para localidades como Pontecesures y Padrón. Al igual que es un recurso escaso, de ahí que el año pasado fuera preciso suspender su fiesta exaltación en la localidad pontecesureña.

«A muchos de los jóvenes que la prueban también les gusta»

El aspecto de la lamprea al estilo bordelesa no es el más llamativo o atractivo que cabría esperar, de ahí que mucha gente, dejándose llevar exclusivamente por el sentido de la vista y la primera impresión, decline saborear este preciado manjar.

Los jóvenes son, quizás, los más reacios, según indican hosteleros como Pili Novo, sobre todo si saben que la lamprea se cocina en su propia sangre.

Pero no es menos cierto que «a muchos de los jóvenes que dan el paso y se atreven a probarla también acaba gustándoles», y los hay realmente apasionados de este producto desde niños.

La clave está en degustarla al menos un par de veces para poder deleitarse con el característico sabor de ese plato que forma parte de la historia del Ulla y localidades como Pontecesures y Padrón, donde esta misma semana comenzaba la actividad en las tradicionales pesqueiras romanas.

Más concretamente en las de Areas (Herbón), donde se prolongará la actividad hasta el 29 de marzo.

Faro de Vigo.

Fina, 50 años siendo churrera: «Me levantaba a las cinco de la mañana y no volvía hasta las diez de la noche. Ahora quiero que mis nietos me paguen un viaje a Punta Cana».

Después de toda una vida en su puesto de churros, Fina cuelga el delantal. Ahora continuará con el legado su nieto Ibai, que ha conseguido transformar el negocio de su abuela. «Sentí un orgullo inmenso cuando mi nieto me dijo que quería seguir con la churrería», confiesa

Fina tiene 67 años y hace pocos días que ya está jubilada. Durante 50 años ha recorrido mercados, ferias y romerías con su puesto de churros. Una vida ambulante que puso en marcha su bisabuelo en 1842. Ahora, su nieto Ibai se convierte oficialmente en la quinta generación al frente del negocio, ya que hace un año lo transformó y abrió las puertas del local que lleva la esencia de su abuela y de su tatarabuelo: La Quinta.

A pesar de haber iniciado su jubilación, a Fina todavía «le pica» seguir vigilando que vaya todo bien y poder echar una mano. «Es que son tantos años seguidos que se me hace raro», confiesa. Pero está tan contenta que no deja de sonreír y recuerda el momento en el que su nieto le dio la noticia de que Churrería Fina no moriría. «Para mí fue una sorpresa muy grande. Sí que es verdad que venía conmigo a la feria a trabajar y a hacer las masas, pero yo nunca me imaginé que iba a poner el local que puso», explica. Y además en un sitio fijo en plena capital gallega. «Trabajábamos por toda la zona de Vigo, Redondela, Tui, Porriño… Íbamos hasta a la feria de Arteixo. Que mi nieto trajese la churrería para Santiago, que es la capital, fue un orgullo inmenso», afirma.

Su vida no fue fácil, porque tuvo un trabajo muy sacrificado en el que no podía hacer planes ni preocuparse por la hora. «Es una vida muy dura. Te tiene que gustar muchísimo todo el mundo de la feria. A mí me gustaba mi trabajo. Yo hacía una masa para los churros y decía: ‘Bueno, pues tengo un gimnasio’ y cuando los freía pensaba: ‘Pues también tengo sauna e hidratación para la piel’. Iba haciendo del trabajo una alegría para llevarlo mejor», indica.

Madrugones y viajes en coche que incluían montar y desmontar un puesto para que su clientela pudiese disfrutar de unos churros recién hechos. «Me levantaba todos los días a las cinco de la mañana y a las seis salía de casa, pero no volvía hasta las diez de la noche. Los días de invierno llovía y te mojabas. Nos quedábamos con la mojadura, pero teníamos que ir, porque siempre había alguien que quería unos churros», detalla. Su agenda también se veía modificada por el trabajo. «Fíjate, cuando mis hijos se casaron, hicimos la boda en un día festivo por no perder el sábado y el domingo de atender a nuestra clientela. Amoldamos nuestra vida al negocio», confiesa.

«No me imaginaba mis churros con Kinder»

En cuanto Ibai abrió el local, ella acudió sin dudar para aportar la experiencia que ha recolectado durante tantos años en su puesto. «En la cocina estuve enseñando y dando consejos. Mi nieto me llamó y me pidió que le echara una mano porque quería tenerme ahí para contribuir con mi experiencia», cuenta. Aun así, no se imaginaba que sus famosos churros podrían convertirse en piruletas y corazones o estar bañados en salsa de Kinder o rellenos de dulce de leche. «Por supuesto que no lo imaginaba. Y eso lo hizo mi nieto y por eso digo que para mí es muy importante que él le pusiera tanta pasión a esto, porque nosotros hacíamos lo básico siempre, churros y poco más. Como mucho con un poquito de chocolate», puntualiza.

¿Y cuál es el secreto de unos buenos churros? «Creo que la clave es que te guste hacerlos, porque día a día mejoras la receta aunque ya la sepas. Y hablar con el cliente todos los días porque vas aprendiendo todavía más. Después siempre hay algún secreto que no se puede contar. Pero bueno, el resumen es tener ganas, hacer un buen amasado y tener un buen aceite y una buena harina. De ahí te sale un buen churro», admite.

Mientras Fina no le quita el ojo a su nieto con su sonrisa intacta, Ibai explica los inicios del proyecto. «Hace dos años falleció mi abuelo y decidí ir a echarle una mano porque estaba un poco sola. Además a mi abuela ya le costaba ir a las ferias porque son duras y que duran todo el día. Ten en cuenta que sales de casa a las seis de la mañana, coges el coche y no vuelves hasta que dan las diez de la noche. Yo también estaba pasando por un momento de mi vida un poco de transición y venía de otros trabajos. Sobre la marcha se me fue ocurriendo una idea que ya mi padre pensó en su día y que el resto de la familia tenía ahí un poco en un vaivén. Al final los astros se alinearon, por así decirlo, y abrimos el local», cuenta.

Porque Ibai, a pesar de ser gallego, se marchó de Galicia cuando era pequeño. «En Madrid estuve estudiando, pero en Marruecos pasé toda mi infancia. En cuanto me deshice de la empresa que tenía allí, justo pasó lo de mi abuelo y acabé volviendo para aquí. Mientras le ayudaba ya tenía la intención de ver por dónde podíamos tirar y por dónde podíamos reconstruir el negocio», afirma. Escoger el nombre tampoco fue sencillo porque tenía que reflejar que continuaba el legado. «Todos los churreros que tú te encuentres por la provincia y alrededores suelen ser familia de mi abuela. Tuvimos la idea de ponerle Churrería Fina para continuar, pero decidimos buscar un nombre un poco más simbólico, que leyéndolo con un pequeño matiz que tienes la gente lo entendiese», cuenta.

«Mi abuela es exigente»

Y así nació La Quinta. «El tema de la empresa fue algo que me encantó desde siempre. Antes de esto tuve una empresa propia y nos dedicábamos al mundo de la construcción, que también me atrae mucho. En mi casa el negocio ambulante siempre se vio como algo muy duro, en el que a la mínima si tenías la opción de estudiar, estudiabas. Pero al final en mi caso acabó tirando también la tradición familiar. Me daba pena que se quedara sin continuidad después de tantas generaciones y de tantos años de trabajo. Finalmente encontramos la manera de darle una vuelta y de reconvertirlo, por decirlo de alguna manera», confiesa. Además tuvo claro desde el principio que se lo tomaría en serio. «No queríamos que fuese solamente una marca, de montar el local y olvidarnos, sino que detrás de la marca, seguir trabajándola y poner el mismo empeño que se ponía en el puesto de la churrería desde siempre», afirma.

Ibai es igual de perfeccionista que su abuela. «Mi abuela aquí no lo es, pero en su negocio lo fue mucho», confiesa. «Aquí, porque él es el dueño, pero en el mío sí», le replica ella. Pero a todo se le saca el lado positivo. «Yo pienso que serlo es algo bueno. Aunque mucha gente siempre te suelta el comentario de que los churros solo son harina, agua y sal, es algo mucho más complejo de lo que se piensa. Al ser algo artesano, requiere que seas siempre perfecto y constante. Nosotros aquí lo que intentamos es que tú vengas un día, te comas un churro, y al cabo de tres meses vuelvas y te comas otra vez el mismo churro sin ninguna variante. Eso es muy difícil de conseguir», explica él.

Además de querer todo perfecto, a la familia también les caracteriza el don de gentes. «Estar de cara al público siempre nos gustó mucho, así que ya estamos acostumbrados. Si ibas a la feria tenías que ser bueno con la clientela, no te quedaba otra. Entonces, esa parte fue lo que menos costó. Y como en la familia siempre hubo la costumbre de que los fines de semana se trabajaba, no cambia nada de que aquí también se haga», detalla Ibai.

Su primo Borja —que también es nieto de Fina— aporta su granito de arena en los fogones. «Mi primo Borja está de cocinero. Estuvo desde el principio aquí conmigo echándome una mano. Fue aprendiendo poco a poco y ya se quedó. Como sigue estudiando en la universidad, compagina los estudios con esto para sacarse un extra», indica. «Ver lo jóvenes que son y que tengan esas ganas de trabajar y de luchar es lo que me llena, porque pienso que todo lo que hemos hecho con nuestro negocio tuvo su fruto y no se quedó ahí. Ahora continúa», indica Fina.

¿Y ahora qué hará con tanto tiempo libre? «Me gusta viajar, lo que pasa es que por mi trabajo no podía. Ni tampoco podía tener esos fines de semana para descansar. Los domingos trabajaba siempre en la parte sur de Galicia, aunque nos movíamos por otras zonas para fiestas y romerías. El otro día fui al mercado a Padrón y me di cuenta de que llevaba 40 y pico años sin ir de paseo. Ya no me acordaba de lo que era aquello», confiesa. Por su parte, le deja caer a sus nietos —que son tres en total— que deberían pagarle un viaje. «A ver, yo creo que entre todos no es tanto… Le toca poner poquito a cada uno, ¡eh!», exclama Fina «¿Tú qué prefieres, playa o montaña?», le pregunto. «¡Playa, playa!», responde efusivamente. «¿Punta Cana?», le propongo. «¡Por ejemplo!», contesta mirando a su nieto. «Algo se hará. Hay que agradecer también todo el esfuerzo», afirma Ibai. Lo que no cabe duda es que a esta abuela se le cae la baba.

La Voz de Galicia

Los vecinos de Valga limpian 500 kilos de anguila.

Es el pescado que este finde distribuirán gratis entre los clientes con la ruta-concurso de tapas

Tres vecinas limpiando la anguila que se servirá durante la fiesta.
Tres vecinas limpiando la anguila que se servirá durante la fiesta.

Un grupo de vecinas que colaboran con el Concello de Valga, que se encarga de financiar íntegramente la materia prima, se ocupa estos días de la limpieza de la anguila a consumir en la localidad durante las próximas jornadas.

Y no es poca cosa, ya que se trata de alrededor 500 kilos de anguila que el gobierno local ha encargado para esta edición del evento, que es, sin duda, “la cita festiva por excelencia del verano” en esta localidad.

La aplicación de la sal al pescado ya limpio. |   // FDV
La aplicación de la sal al pescado ya limpio.

Un producto recién capturado y aún vivo que se limpia a conciencia en una improvisada cocina habilitada en el recinto del colegio Baño-Xanza.

Se trata del producto a emplear en las diferentes actividades programadas en la XXXIV Festa da Anguía e Mostra da Caña do País, que está en marcha desde hace semanas y ya permitió saborear este producto en diferentes talleres de cocina.

«Tapa a Anguía»

Es la anguila que, sin ir más lejos, va a empezar a saborearse, de forma totalmente gratuita, durante el fin de semana, cuando se celebra la ya tradicional ruta-concurso de pinchos “Tapa a Anguía”.

El Concello entrega el producto a los siete bares y restaurantes adheridos a esta iniciativa, y en esos locales se distribuye gratis –con diferentes presentaciones–, entre los clientes. Los primeros pinchos se repartirán mañana, de 12.00 a 15.00 horas y de 20.00 a 23.00 horas, y el domingo, solo de mañana.https://www.facebook.com/plugins/post.php?href=https%3A%2F%2Fwww.facebook.com%2FConcellodeValga%2Fposts%2Fpfbid02DSdqsmWrzcWSWjVscVfYNj1G6nRAYDtmZzNyNpNMviDyVRZV88kAV6nBeCWNvPTnl&show_text=true&width=500

Las recetas

Puede recordarse que el Palmera Beach Valga servirá anguila al horno, la pastelería Caprichos ofrecerá un molde de hojaldre relleno con sofrito de ajo, pimentón, patata y anguila y el bar Maneiro ha creado para la ocasión una jugosa empanada de anguila y mejillones con pimientos.La anguila de Valga, tapa a tapa (y gratis)

Degustación de pinchos gratuitos de anguila en los bares de Valga.

A mayores, el bar Potel servirá anguila frita con salsa y ajo negro, sobre una base de pimiento, y el café-bar O Pontellón se ocupa de una crema de grelos con anguila rebozada en una especie de pan rallado japonés sobre pan negro con un toque picante.

El café-bar Couceiro centra su tapa en los productos marinos, con una anguila en salsa de vieira acompañada de otros mariscos, y la cafetería Auditorio servirá “Muiñeira de anguila”, acompañándola de habas y almejas.

Faro de Vigo

Capitán Tarteras: «Aos musulmáns gústalles moito a caldeirada de peixe que lles preparo a bordo»

A punto de embarcar hacia el Índico para una nueva campaña, Dani Ferreiro demuestra que en los barcos se cocina y se come bien. Su perfil y sus recetas en Instagram superan ya los 21.000 seguidores

Cuatro y cuatro. Esta es la proporción de trabajo y libranza que Pemba Tuna, una filial del grupo Albacora, establece para las tripulaciones de sus atuneros. Cuatro meses en el mar y otros cuatro en tierra. A Daniel Ferreiro Magán (Pontecesures, 1979) las vacaciones se le están agotando. A comienzos de junio embarcará de nuevo para regresar a sus fotones a bordo de un buque de 110 metros de eslora que faena en el océano Índico y da cobijo a 41 personas. Dani es quien cocina para alimentarlas a todas. No solo eso. Se encarga, también, de mostrar a través de Instagram cómo es el día a día a bordo. Y, sobre todo, de romper, con sus recetas, tópicos pachangueros acerca de la comida en un barco. «Iso hai que desfacelo xa, nun barco cocíñase e cómese moi ben». Su perfil como Capitán Tarteras, que comenzó en diciembre «case de cachondeo entre o xefe de máquinas e o capitán», se ha convertido en un cuaderno de bitácora gastronómico al que se asoman rutilantes profesionales del arte culinario como Javier Olleros (Culler de Pau) o la gente de la casa Arzak. En apenas medio año ha sido capaz de atraer a 21.300 seguidores.

Aunque su padre ya era cocinero de mar —«estivo toda a vida, ía ao bacallau e acabou a súa carreira no Esperanza del Mar»— no era el navegar algo que en un principio convenciese demasiado al Capitán Tarteras. «De feito era cociñeiro en terra cando, no 2012, xurdiu a oportunidade de embarcar. Probei, gustoume e aquí seguimos. O que podo dicir é que nunca me mareei, dende o primeiro día tiven sorte», bromea Dani.

Su primer destino fue un mercante, que dejó al cabo de un par de años para fichar por los atuneros del cerco. Alguna pregunta resulta inevitable. El atún tendrá que gustarle al cocinero, ¿no? «Encántame. Comemos atún tres veces á semana, de diferentes formas. A min como máis me gusta é á prancha, pouco feito, ou en tartar, aínda que á xente en xeral gústalle moito o marmitako. Tamén fago un encebolado cunha salsa de soia que gusta moito».

La rutina diaria arranca a las cuatro y media de la mañana. «Érgueste a esa hora, fas o pan e comezas co almorzo para servilo ás cinco e media. Ás oito da mañá toca un bocadillo quente, e ás once, a comida. Logo tes un tempo de descanso ata as catro e media da tarde, cando chega un bocadillo frío. E xa empezas coa cea, que servimos ás sete». A bordo se entremezclan distintas culturas, pero la principal diferencia culinaria tiene que ver con las limitaciones religiosas hacia determinados alimentos. «Temos musulmáns e cristiáns, e xa sabedes que os musulmáns non toman alcohol nin comen carne de porco. Todos son guiadiños —ríe—, son bos comedores e, home, algunha crítica pode haber, pero non hai problemas. A convivencia é moi boa».https://www.youtube.com/embed/Pabn0pzPnEE

Más tópicos que saltan por la borda. El cocinero y su equipo —que forman un ayudante de cocina y un camarero— siempre buscan una alimentación equilibrada para la tripulación. «O almorzo componse de marmeladas, pan, algo de bolería que fas a bordo, un sándwich ou carne. Ao mediodía sempre unha potaxe ou pasta de primeiro, de segundo un peixe ou unha carne, e sempre froita de sobremesa. Á noite, unha sopa, unha verdura sempre, peixe ou carne, e unha sobremesa elaborada. Variado, tentando que a xente coma froitas e verduras».

El puerto base del atunero está en las Seychelles, que el buque toca, como muy tarde, cada 45 días. En él se aprovisionan las despensas, que cada cuatro meses se renuevan también con congelados, conservas, pastas o harinas a través de un pedido que resuelve el departamento de fonda desde España. «Ás veces fas un pouco de nai de todos, porque che piden cousas que non podes darlles. Os musulmáns, por exemplo, toman moito té e bótanlle demasiado azucre. Tes que buscar un equilibrio, porque é un traballo moi duro e o momento de comer é un dos poucos de lecer a bordo».

Dani va colando a su ritmo destellos de cocina gallega. «Aos musulmáns, por exemplo, gústalles moito a caldeirada de peixe que preparo. A allada vailles. E fago cocido unha ou dúas veces por campaña, con grelos enlatados. Tamén gusta moito, agás aos musulmáns, claro, aos que lles fago outra cousa por culpa da carne de porco».

Un último tópico que dinamitar. Hay alcohol a bordo, pero lo justo, y únicamente para cocinar y brindar en contadas ocasiones. «A xente hoxe demanda moito máis unha bicicleta estática que whisky». Na mar cambiou o conto.

La Voz de Galicia

“Capitán Tarteras”: así es el vecino de Pontecesures que triunfa en redes.

“Capitán Tarteras”: así es el vecino de Pontecesures que triunfa en redes
El cesureño Daniel Ferreiro ya acumula miles de seguidores en su perfil de Instagram.

Daniel Ferreiro, más conocido en redes como “Capitán Tarteras”, dio el paso, animado por compañeros de trabajo, a finales del anterior año de compartir su día a día como cocinero de alta mar a través de las redes sociales. En apenas cuatro meses desde su primera publicación, su perfil en Instagram, que sigue en ascenso, ya acumula cerca de nueve mil seguidores. Una increíble acogida que todavía no asimila Ferreiro, vecino de Pontecesures y que trabaja en un atunero en el Océano Índico: “estou un pouco superado”, reconoce, al tiempo que agradece la repercusión e interés que también ha despertado en los medios.

Sus publicaciones, que ya acumulan miles de “me gusta”, han llamado la atención a auténticos maestros del mundo de la gastronomía, como son Pepe Solla —chef y propietario de Casa Solla, con una estrella Michelín y tres Soles Repsol— o Ángel León —propietario del restaurante Aponiente, que posee tres Estrellas Michelín y tres Soles Repsol—, entre otros. Un éxito que Ferreiro intenta dar explicación al ser “un mundo un pouco descoñecido que chama a atención”. Se trata de un proyecto “un pouco casero”: “imos facendo o que nos apetece en cada momento” y, sobre todo, sube recetas que se pueden realizar en alta mar o vídeos mientras ejecuta su día a día en el barco.

Natural de Pontecesures, Ferreiro inició su trayectoria profesional “traballando en terra” como cocinero, pero las condiciones de trabajar en alta mar acabaron decantando la balanza, especialmente por el tiempo superior de vacaciones: “Estamos catro meses en terra e catro no barco”. No se trataba, no obstante de algo novedoso para el cesureño, ya que su padre ya trabajó “toda a vida” en alta mar. Reconoce, no obstante que esta decisión también acarrea otras dificultades, sobre todo en lo relativo a la conciliación familiar. Pese a que “agora con internet é máis sinxelo”, reconoce que “pérdense moitas cousas: cumpleaños, festas…” y que “bótase moito de menos estar en casa”.

Día a día en alta mar

En cuanto al día a día, especialmente en la cocina, es “moi diferente” al que acostumbra en un restaurante convencional. La diferente mayor se encuentra en las existencias: “as cousas acábanse antes, sobre todo cando algún produto co que contabas que ven algo tocado e estropéase antes de tempo, como poden ser as patacas, verduras ou frutas”, señala. Con relación al abastecimiento, Ferreiro explica que se realiza un pedido en origen cada cuatro meses en el que se solicitan mayoritariamente congelados y comida no perecedera. En cuanto a los productos frescos y la fruta se realizan pedidos en cada puerto en el que el barco atraca, “aínda que aos sitios que imos a veces é complicado abastecernos de certos produtos”, lo que supone un hándicap a la hora de diseñar ciertos menús.

Otra de las condiciones adversas a las que se enfrenta un cocinero de alta mar es, sin lugar a dudas, el mal tiempo: “por exemplo, cando o barco escora polo vento e as olas, se estou facendo un bizcocho pode que quede costa arriba”, lo mismo, que sucede con el arroz, indica, lo que a veces complica que las recetes salgan como uno desee.

La jornada laboral arranca sobre las 4:30 horas, cuando el cesureño se levanta para hacer el pan. A lo largo del día se sirven hasta cinco comidas: un desayuno, un bocadillo caliente, comida, merienda y cena, que se sirve sobre las 19:30 horas. “A vida no barco é a outras horas”, señala. Una rutina en la que es fácil que se agoten las ideas para realizar los menús, por lo que Ferreiro se muestra siempre abierto a que los compañeros den ideas: “estivemos a corenta graos e comendo cocido por non caer na monotonía”, indica riéndose. 

No solo se respeta en el barco las peticiones de los compañeros, también la religión, que se “respeta moitísimo”. Por ello, ante la presencia de varios trabajadores musulmanes, en la cocina, dependiendo de las elaboraciones, se deben crear alternativas: “non comen porco, polo que a veces téñense que facer dúas versións dos pratos con polo ou tenreira”. Misma circunstancia con el alcohol, ya que ninguna salsa puede contenerlo.

Éxito “inesperado”

Un laborioso día a día que Ferreiro plasma en redes a través de su perfil “Capitán Tarteras”. Una aventura que empezó de “cachondeo” y para el que ahora todavía no se marca metas: “estamos un pouco a espera do que vai pasando e moi agradecidos por toda esta repercusión”. 

Diario de Arousa

«El capitán tarteras». Así es el chef gallego, nacido en Pontecesures, en alta mar que triunfa en Instagram.

Daniel Ferreiro, un cocinero que trabaja en un barco atunero en el Índico, sube sus creaciones a redes y ha llamado la atención a maestros de la cocina como Pepe Solla o Arzak.

Cocinar es todo un arte, pero hacerlo en alta mar es una experiencia que merecía ser documentada. Daniel Ferreiro, el chef gallego en un banco atunero del Océano Índico, se lanzó a esta aventura animado por sus compañeros creando la cuenta «El capitán tarteras» en Instagram. En pocas semanas ya tienen miles de seguidores y cuenta con followers ilustres como Pepe Solla o el Restaurante Arzak entre muchos otros.

El cocinero es natural de Pontecesures, una localidad pontevedresa cercana a Padrón. Empezó trabajando en tierra, donde estuvo una década en restaurantes de toda índole. En el año 2012 decidió seguir los pasos de su padre, que también era cocinero en alta mar,

«En hostelería se trabajaba muchas horas. Aquí tenías que trabajar cuatro meses seguidos, pero luego tenías otros cuatro de vacaciones, Lo probé y no cambié nunca más» explica el chef. No es fácil vivir de esta manera, pero uno de los momentos que dan energía a la tripulación para seguir adelante en el día adía es la hora de la comida.

Aquí destacan las creaciones del chef que se alejan de esa imagen que la gente puede tener en la cabeza. «Aquí no hay comida de mala calidad. Vivimos cuatro meses en alta mar y somos una gran familia. Hay personas de distintos países y religiones, y nos enriquecemos unas a otras en el tema culinario».

El chef empieza cada día su jornada a las 4:00 horas con el amasado del pan, Poco después empieza a marchar la comida y sobre las 5:30 sirve el desayuno a la tripulación formada por 41 personas. En el barco toman un tentempié, por ejemplo un bocadillo, sobre las 8:00 y comen a las 11:00 horas. Por la tarde vuelven a disfrutar de otro tentempié para coger fuerzas a las 16:00 horas y cenan a las 19:00.

Daniel prepara tres platos por la mañana incluyendo una pasta, un pescado o una carne. Por la noche siempre hay verdura, sopa, pescado y carne. Para los marineros que no comen cerdo por su religión buscan alternativas como la ternera, el pollo o el pavo. Entre los platos preferidos por la tripulación están el marmitako o los ahumados pero también otros infalibles para disfrutar como las hamburguesas y las pizzas.

En días especiales, como la Nochebuena, no es fácil estar lejos de casa, pero la tripulación se une como una gran familia y Daniel prepara un menú especial para estas fechas señaladas, En Reyes llegó incluso a preparar el tradicional roscón.

Cocinar en alta mar no es fácil y el chef encuentra algunas dificultades. «El barco se mueve y lo notas por ejemplo al hacer el arroz. También es difícil el no poder ir al super, ya que las cosas se van acabando y a veces surgen problemas. como nos pasó esta vez con la patata, que salió mala y a lo mejor pensabas que te iba a durar 40 días y te dura 20», cuenta Daniel.

Así es el día adía de este cocinero que ha encontrado en Instagram la forma de descubrir al mundo una labor desconocida para muchos y que sirve para reivindicar la comida como símbolo de unión, descansol y felicidad en los momentos más duros,

El Español