ACABAN DE HACERLE un inmenso favor a Galicia los expertos de la Universidade de A Coruña, que elaboran trimestralmente el Barómetro del Colegio de Economistas. Su rotunda apuesta a favor de la fusión de los concellos pequeños ilumina la hoja de ruta que el Gobierno de Feijóo debería aplicar, antes de que se la impongan el Estado, la Unión Europea, los mercados o la pavorosa realidad de una crisis que va para largo. No se trata de que EL CORREO se apunte el tanto (es cierto que llevamos años defendiendo, en solitario hasta hace muy poco, la racionalización del mapa municipal gallego), sino de que la Administración autonómica actúe con valentía y todo el tacto del mundo para fabricar un clima de consenso que nos permita acometer la imprescindible fusión de un porcentaje significativo de nuestros concellos. Cuando muchos de ellos, más cada día, sufren muy serias dificultades todos los meses para pagar servicios básicos, no sirven ya las disculpas de que este no es buen momento, ni mucho menos de que prendería la chispa de las guerras localistas, ese cáncer que carcome con especial voracidad a la sociedad gallega. Vale que en tiempos de bonanza hemos podido aguantar del recado de financiar tres aeropuertos y otras tantas universidades en un país de tres millones de habitantes, o una macedonia de paseos marítimos en toda nuestra fachada costera (huérfana, eso sí, de depuradoras) y piscinas climatizadas en municipios incapaces de garantizar su carísimo mantenimiento. Pero las vacas flacas han llegado y, ¡ay! tienen vocación de quedarse más tiempo del aconsejable para nuestra salud económica y hasta mental. Aunque casi la mitad de los economistas coruñeses recomiendan que el proceso de fusión sirva para amalgamar municipios que sumen al menos treinta mil habitantes, no es el censo, siempre negociable, lo realmente importante, sino abrir con seriedad, mucho sentido común y diligencia (a grandes males, grandes remedios) el proceso de reformulación de la Administración local en Galicia. Con la Xunta como líder, sí, pero también con la colaboración responsable de los alcaldes, las corporaciones y, en definitiva, la sociedad toda. Es el único camino viable para reducir el déficit asfixiante de los concellos y para dotarlos de instrumentos eficaces de gestión que saneen sus ahora maltrechas finanzas. Seguir mirando hacia otro lado, o empecinarse en trampear con parches, sería un suicidio colectivo que mandaría a Galicia, más pronto que tarde, al cementerio de los países colapsados. Al mundo de nunca jamás.
EL CORREO GALLEGO, 07/09/11
